Fuimos invitados en una oportunidad Hugo y yo a una fiesta de cumpleaños de un viejo dueño de una viña en Portezuelo. Éramos el apoyo musical. Hugo y su acordeón y yo con el equipamiento de sonido. Pues bien, llegamos en la mañana y las casas patronales hervían de weones preparando condumios de todo tipo. Las muertes de chancho, los corderos y desafortunados novillos yacían en mesones y cirujanos campusas operaban a la fauna a consumir. Humo por todas partes y señoras preparando tortilla y ensaladas.
Todo auguraba una fiesta a todo trapo. El vino salía generoso desde oscuras bodegas y los presentes se relamían una y otra vez lamentándose de sus secas gargantas.
Iré de una al momento del inicio de la fiesta cuando la tarde ya moría, pues ya venía lo bueno de este relato. Hugo acompañado de su acordeón se paseaba sonriente entre las parejas que se divertían con su musica. Mi labor era la de apoyo logístico. No debía faltarle el vinacho y le indicaba los temas a interpretar como una secuencia interminable para cansar a la gallá.
Pues bien, déle que suene.
De pronto el músico dejó de pasearse y se afirmó a una pared mientras estiraba y encogía la cuncuna... Y seguía remojando el guargüero... Tenía sed el hombre. Luego de un rato se sentó en el suelo y las parejas de bailarines hacían esfuerzos para no pisarle las patas. Y seguía la música incansablemente. 😝 Luego ante mi sorpresa se tumba hacia un lado y sigue tocando, pero esta vez se limitaba a estirar la acordeón hacia arriba y abajo para hacerla heroicamente sonar...
De improviso paró... Y hasta ahí llegó el músico😆😆🥴
Sacó aplausos pero él ya no estaba... Dormia.
Dar hasta que duela😆😆.
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